Cambio de rumbo


En 1999 abrí mi gabinete psicopedagógico, especializado en aquel entonces en Atención Temprana. Comenzaba una andadura profesional que me llevaría por un camino que no había imaginado cuando estudié pedagogía. Una tiene sus planes, pero la vida tiene los suyos también.

Esa vida me llevó poco a poco a especializarme en niños con graves alteraciones de comunicación. Cuando hablo de graves alteraciones en la comunicación, me refiero a niños que necesitan de un apoyo para poder comunicarse porque no son capaces de hablar, y en algunos casos, tampoco de comunicar. Concretamente, el apoyo que yo comencé a usar eran las imágenes: fotografías o pictogramas; y en algunos casos gestos o signos. Algunos de estos niños alcanzaron el lenguaje oral, muchos otros no.

Trastornos Específicos de Lenguaje, Trastornos del Espectro Autista, trastornos sin nombre y sobre todo niños con síndrome de Angelman han sido las patologías que más he tratado durante los últimos 15 o 16 años.

Además de los niños, han estado sus familias. Pautas, pautas y más pautas a familias que están saturadas de pautas. Orientaciones y consejos. Yo sentía que algo faltaba en este trabajo con las familias. Y de algún modo, sin darme cuenta, me fui cargando y cargando de “mochilas” que realmente no eran mías. Pensaba que era mi deber tener respuesta a cambiando el rumbotodas las preguntas. Pensaba que todo tenía solución. Pensaba que si yo no era capaz de dar un consejo eficaz a una madre para que su hija durmiera, era una mala profesional. Y la frustración, sin darme cuenta, se mezcló con la responsabilidad y se hizo cada vez más pesada.

De pronto aterricé, no sé bien cómo, en la Escuela Española de Desarrollo Transpersonal, donde descubrí un modo muy diferente de intervenir. Descubrí que mi papel no era el de tener todas las respuestas, sino el de acompañar desde la escucha y la comprensión profunda, ayudando así a otros en sus procesos personales.

Mi cuerpo, la vida, lo que sea, contribuyó a que yo fuera incapaz de trabajar durante casi dos años con niños con necesidades especiales. Primero una operación de espalda, y después una grave fractura de una pierna, me obligaron a hacer lo que yo no me atrevía. Me obligaron de hacer ese cambio de rumbo que yo no quería ni ver.

Realmente en mi ser más interno, sentía que no deseaba continuar trabajando de ese modo. Necesitaba un cambio. Pero no me atrevía. Es difícil soltar. Es difícil un cambio de rumbo. Es difícil salir de la zona de confort. Es difícil dejar a familias a las que quieres, con las que trabajas, que confían en ti. Y además, yo sé que hacía bien mi trabajo. Y quizás también hay una dificultad para reconocer que “nadie es imprescindible”. Yo tampoco lo soy.

Aún ahora, escribiendo esto, me emociono al pensar y recordar tantos y tantos niños y niñas y tantas familias (muchas madres, bastantes padres y algunos abuelos incluso) con las que he estado estos años, que tanto me han enseñado. Y me siento orgullosa de haber contribuido de algún modo a que su vida y la de sus hijos sean mejores. En unos casos más que en otros, porque no todo tiene solución. Y la vida a menudo no es como deseamos que sea. La vida simplemente es como es.

Pero sí, por fin, cambio de rumbo. No dejo a los niños, no dejo a las familias, no dejo a los educadores. Pero sí dejo de “enseñar” y comienzo a “acompañar”. Siento que mi momento más “pedagógico”, más de “arreglar lo que no funciona correctamente” ha terminado. No creo eso. Ya no. Estoy cansada de arreglar.

Ahora siento y deseo acompañar desde otro lado a las familias que se acerquen a mi. El coaching y la práctica de Mindfulness o atención plena son los pilares de mi trabajo ahora. Tanto con adultos como con niños. ¿Cuál es la gran diferencia? Ahora no tengo que conseguir que un niño hable, se comunique o deje de usar el pañal. Ahora no tengo la responsabilidad de solucionar el insomnio de un niño ni tengo motivos para decirle a un padre si ha de poner cerrojos en las puertas de su casa o no.

AHORA sólo deseo compartir con quien lo desee lo que es Mindfulness. Compartir que aprendiendo a practicarlo, incorporándolo a la vida de cada uno, se consiguen muchas cosas, se cambian muchas cosas, se puede vivir mejor y se puede uno enfrentar cada día a la vida de un modo más compasivo y amoroso. Además, deseo acompañar a las familias o a los chicos desde la escucha profunda y la comprensión. Desde el coaching, no desde mi “saber”. No deseo ser “la que sabe y tiene las respuestas” sino “la que acompaña para que uno mismo descubra su propia respuesta, la que se ajusta a su criterio y a su sentir”.

Reconozco que me ha costado. Y reconozco mi miedo al salto. Y por supuesto mi miedo a soltar. Pero también hay confianza e ilusión. Además, si no, todo sería incoherente. La publicación con Marta NavalGar de Un Bosque Tranquilo, mi formación durante los últimos 4 años… nada de esto tendría sentido si no salto.

Quiero agradecer desde lo más profundo de mi corazón a todas las familias que han puesto a sus hijos en mis manos durante los últimos años. Y por supuesto, yo no desaparezco. Simplemente cambio de rumbo. Pero sigo aquí.

GRACIAS

 

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Publicado en Atención Temprana, coach, Mindfulness

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